La memoria es inestable, caprichosa, informe. Hace con nosotros lo que quiere, y hacemos con ella lo que podemos. Por suerte, o no, la memoria tiene esas cosas: deforma, agiganta, borra. Y es añorada, guardada como un tesoro. O despreciada: como cuando uno busca el botón de delete y espera que no haya ninguna posibilidad de deshacer la acción.

¿Cómo se hace para eliminar ese recuerdo que martillea la cabeza, ese momento espantoso? O peor: ¿cómo se hace para guardar para siempre ese recuerdo que se nos antoja hermoso y que se desvanece en el aire, como todo lo sólido?

Dicen que cada vez que uno trae un recuerdo a la memoria, no hace más que cambiarlo. Que lo deforma a su gusto, que se hace una película nueva: que uno reconstruye su pasado o, al menos, las partes que puede recordar. Nos creamos a nosotros mismos cada vez que elegimos qué recuerdos traer a la memoria. Somos, al final, ese montón de espejos rotos.

“Hay recuerdos que no voy a borrar, silencios que prefiero callar”, dice una canción que suena y me suena. Veo una foto que va perdiendo los colores, pero que la recuerdo con un rojo Kodak.

Es probable que esté exagerando. Quizá no pasó exactamente como yo recuerdo. Ojalá.

Hay mujeres recordadas y mujeres que prefieren olvidar. Mujeres que dejan marcas, y mujeres marcadas. La memoria –parece- es el final de la inocencia.

 

20 — 12 — 2013