Conocidos, amigos cercanos, parientes o novios venden a una mujer por 200$, 500$, o hasta 2000$ dependiendo de cuán bella o financieramente atractiva sea la chica. Una vez que llegan al país de destino, las jóvenes son llevadas a burdeles, sus pasaportes son confiscados y las ponen a trabajar como prostitutas inmediatamente. Supuestamente las liberan cuando ya han pagado su deuda, pero invariablemente son vendidas a otro chulo. Es un círculo vicioso que genera mucho dinero. Mantiene el negocio en funcionamiento y a las mujeres en cautividad. Escapar de los traficantes no es algo fácil como saltar de una ventana y ser libre, en particular cuando algunos de los clientes regulares son oficiales de Policía. Ser ilegal ahí fuera puede llegar a ser más peligroso que vivir en un burdel. La mayoría de las veces sus visas son renovadas a pesar de que las mantienen en cautiverio. Conocí diecisiete mujeres que habían sido traficadas sexualmente. Algunas de ellas muy frágiles, otras muy fuertes, todas queriendo dejar un pasado no deseado atrás. Le expliqué el motivo de mi trabajo en detalle a cada mujer que fotografié. Tuve que ser tanto discreta como protectora. Estas mujeres estaban aún lidiando con problemas emocionales fuertes.

Con respecto a sus identidades, todos sus nombres han sido cambiados. Para entender al gran impacto que este negocio ilegal lucrativo tiene en una familia, fui y miré a las familias y a los hogares de las mujeres que desaparecieron hace años. Nadie sabe nada de ellas, desaparecieron después de aceptar un trabajo en el extranjero y nunca regresaron. Trabajé en la idea de la pérdida y ausencia, logrando que mis fotografías documenten el dolor y el anhelo de las desaparecidas, y den pruebas de la existencia de estas mujeres. Dentro del cuerpo de este trabajo se reflejan el daño psicológico, el dolor reprimido, el daño exterior, las identidades robadas de estas mujeres, el vacío, pero al mismo tiempo la dignidad humana y la esperanza.