Te veo en los ojos de Mercè y de Mo, de Pascual y de Caterina, y también en los de papá. Pero, sobre todo, te siento cerca cuando estoy con Montse, cuando hablo con Valentí o cuando te recuerdo con Martina y con Pol. Cuando más cerca de ti estoy es cuando veo a Oriol. Entonces entro en nuestro universo, y recuerdo nuestras bromas, nuestras manías y nuestra manera de hacer. Y casi me puedo imaginar que estás con nosotros, y que te hacemos enfadar. O me imagino que estamos en una mesa grande, con mucha gente, y me miras de lejos y me guiñas el ojo. Y me quedo más tranquila.

Cuando estoy sola también te recuerdo, porque siempre estás conmigo, en todo momento, pero a veces se me hace difícil, y parece como si no hubiera manera. Cómo si por mucho que quisiera no pudiera acercarme a tu recuerdo. Es muy extraño.

A veces pienso que me ves. Sé que parezco una loca, y yo nunca he sido de creer en estas cosas, pero te prometo que lo pienso. Miro a la derecha y a la izquierda, solo con los ojos, y después hacia arriba y hacia abajo, y no estás, claro, pero te siento muy cerca.

También me pasa mucho con los olores. A veces hay alguien que huele tan parecido a ti que quiero estar todo el rato a su lado. Me pasó con una compañera de trabajo. La conocía muy poco, pero me caía tan bien porque olía como tú, que quería ser su amiga todo el rato.

Y sobre todo, me pasa con mi piel. Y todavía más con la piel de mis manos. Las miro y me las toco, primero una, luego la otra, la una con la otra, y no puedo dejar de pensar que esta piel es también tu piel o, mejor, que tu piel es también la mía, y que de alguna manera todavía estás aquí. Qué responsabilidad. Pero a la vez me tranquiliza mucho.

También me pasa con la cara, con el pelo, con la barriga y, aunque no me guste tanto, con los pies. Te reconozco en muchas caras que pongo y en muchas cosas que digo.  También te encuentro en la manera que tengo de hacer las cosas, a pesar de que a veces me preocupo porque pienso que lo harías justamente al revés. Pero pensar que no pasa nada también me tranquiliza.

Te has perdido muchas cosas, y muchas más que te perderás, y esto es lo que me duele más. Al principio, cuando te fuiste, no podía ni plantearme la idea de tener hijos sin que tú lo pudieras ver. Sé que será el momento en que más te echaré de menos…El amor de una madre no te lo puede dar nadie, nadie, nunca más. Esto ya hace días que lo entendí, y tampoco pretendo encontrarlo. Me intento querer yo, un poco más de lo que me quería antes de que pasara todo. Pero, está claro, no es lo mismo.

Los amigos me han cuidado tanto, pero tanto, que para mí son como la familia. Me hizo gracia cuando el día del entierro Valentí dijo que le habían recordado a una pandilla de gitanos haciendo guardia en la puerta del hospital los últimos días. Somos como una familia, por suerte, y pienso que sin ellos no hubiera sabido salir adelante.

De pequeña, y de no tan pequeña, me había imaginado algunas veces que te morías. Supongo que esto les pasa a todos los niños. Cuando por la tarde esperaba en casa que llegaras de trabajar y tardabas más de lo normal y por la tele daban el tráfico y decían que había habido un accidente, me moría de pensar que eras tú y lloraba y lloraba. Pensaba que si pasara no lo podría soportar nunca, que me iría contigo. Y lo pensaba muy en serio, porque no veía otra salida. Cuando nos enteramos de que estabas enferma, me pasó lo mismo. Me acuerdo exactamente del momento en que lo supe del todo: estábamos hablando por teléfono, yo subía las escaleras del patio, y cuando me dijiste qué tenías, casi me caigo de las escaleras. Pensamos que se solucionaría, pero rápidamente se vio que no. Creo que no lo quería ver, sólo quería pensar que todo se arreglaría y que te pondrías bien, porque eras demasiado joven, y demasiado guapa, y demasiado todo, como para marcharte.

Pero también recuerdo la mañana que Montse me cogió en la cocina de casa y me abrazó y me dijo que no, que esto no se arreglaba y que tenía que ser fuerte. A partir de entonces te prometo que lo fui. No sé de donde vino, ni de donde salió, yo fui la primera sorprendida. Pero vi que me tenía que espabilar como fuera, y creo que aquella primavera crecí de golpe.

Me propuse que con los pocos días que quedaban te tenía que demostrar que sin ti saldría adelante, porque sé que es lo que más te preocupaba. Creo que lo hice bien, y que te marchaste más o menos tranquila. Recuerdo los tres últimos días, que sólo te preocupaba lo que yo había comido. Y yo no comía nada, está claro, no podía, y te mentía y te decía que me había comido unos bocatas enormes, y te hacía así de grandes, con las manos.

Fue muy duro, pero a la vez creo que lo hicimos bien. Tú lo hiciste perfecto, si es que una cosa así se puede hacer perfecta, y nos diste a todos una lección de vida, qué contradicción. Me hacía mucho daño imaginarme lo que te debía pasar por la cabeza. Recuerdo que nos decías que te gustaba demasiado la vida, pero que las cosas eran así. También me acuerdo de cuando nos dijiste que sobre todo te quemáramos, casi me da un infarto. Es muy duro escuchar a alguien hablar de lo que será de él cuando ya no esté.

Tuve un nudo en la garganta durante meses y meses. Por las noches sentía como si me clavaran cristales en la barriga, literalmente. Y todavía hoy doy la vuelta para no pasar por delante del Clínic.

Y poco a poco, con estas fuerzas que no sé de donde habían salido, pero que intuyo que tú me habías enseñado, me fui poniendo bien. Me imaginaba que eras como una planta, que se había puesto enferma y se había secado. Intentaba pensar que era algo natural y, que aunque fuera horroroso, era así. Me sabía mal volver a reír. Pero también pensaba que tú estarías contenta de ver que estaba haciendo aquello que me dijiste cuando te vine a ver a tu habitación y te pedí unos consejos, o alguna cosa que me pudiera quedar conmigo para siempre: “sé valiente, independiente, pero, sobre todo, sobre todo, buena persona”.