Hace ya años que oímos hablar del cambio climático. Hace ya años que periódicamente los medios nos alertan de los peligros a largo plazo del calentamiento global. Y siempre se especifica: a largo plazo. Esta es, probablemente, una de las causas de la poca concienciación social sobre los peligros de nuestro ritmo de vida y del capitalismo feroz que nos envuelve. Está claro que concienciación y preocupación hay y, por suerte, cada vez más: cada vez son más las personas conscientes de que pequeños gestos como tener la puerta del frigorífico abierta el mínimo tiempo posible o bajar dos grados el aire acondicionado en verano son acciones contra el cambio climático y a favor del bienestar común. Pero aun así, queda mucho camino por hacer. Y cada vez menos tiempo. El calentamiento global no es el hombre del saco; el calentamiento global es una amenaza real. Y no solo una amenaza, sino una realidad en muchas zonas del planeta. La ONU y expertos varios nos informan y alertan regularmente de lo que pasará en los próximos decenios, de cómo puede ser nuestro planeta a finales de siglo, pero en la isla de Ghoramara, en la India, o en Ulán Bator, en Mongolia, el fin de siglo se les ha avanzado. Y también en muchas zonas de Oceanía, donde los habitantes de numerosas islas ven cómo sus tierras y su realidad desaparecen. Si todo sigue igual, las migraciones por causas medioambientales y los refugiados climáticos irán a más, con todo lo que ello comporta. Hace falta, pues, tomar conciencia de que el calentamiento global es presente y no sólo futuro. Que ya es palpable y afecta a muchísimas personas en nuestro planeta. Y ello pasa por los pequeños gestos del frigorífico y el aire acondicionado, pero también por un cambio, una evolución en nuestro día a día, más sostenible, más respetuoso con el entorno y menos egoísta. Y hace falta, sobre todo, que nuestros hijos crezcan ya con este cambio de chip, que les resulte tan normal la separación de residuos en casa como nos lo parece a nosotros hacer la colada en una lavadora. Ayuda poco a todo ello que el verdadero poder recaiga en el dinero y que si el dinero manda hacer un gran premio de Fórmula 1 en medio del desierto y de noche, con todo el coste ambiental que trae consigo, pues se haga. Pero tenemos el futuro, y el presente, en nuestras manos. Y tenemos que aprovecharlo.

 

19 — 04 — 2014