La pregunta que todos solemos hacernos cuando las cosas se ponen difíciles (“¿por qué a mí?”) no tiene sentido. Esa pregunta presupone que el dolor, la enfermedad y la muerte se distribuyen según méritos morales. Pero no. Vivimos en un mundo en el que las enfermedades predominan, niños inocentes mueren de hambre, los genocidios ocurren, y la lista sigue. Con la historia de Mary Ann, empezamos con el dolor.