Hace 18 años, en 1991, Felicitas perdió a su marido. Ella tenía 60 años y se quedaba sola en un piso de 270 metros cuadrados en Barcelona. Decidió que era el momento de reformar su hogar con sus propias manos y empezó una obra en la que sigue trabajando, tenaz, desde entonces. Es una Penélope de su propia casa: pinta y arregla todo cíclicamente, cambiando de opinión cada vez, sin acabar nunca. Vive en estado de precariedad permanente, pero su energía parece inagotable.